domingo, 11 de febrero de 2007

La música y la danza, otra dimensión

De pronto sentí que mis extremidades volvieron a nacer, que se sintieron otra vez vivas después de haber estado reposando durante algún tiempo desconocido. Ellas mismas fueron las que me exigieron dicha resurrección y mi corazón se hizo cómplice enseguida.
Me repetían a gritos su necesidad de expresarse, de moverse al compás de alguna música agradable, pues lo necesitaban, y yo también.
Sentía que a través de ellas lograba descargar emociones y expresar infinidad de sentimientos simultáneos. Repentinamente, un agente ajeno a mí me empezó a alejar de ellas, haciéndome creer que me estaba sumergiendo en un planeta que no era el mismo al que me había acostumbrado a vivir durante todos estos años.
Ese agente ajeno era la música, y fue quien se encargó de trasladarme hacia otro lugar, hacia otra dimensión, poseyendo a mi cuerpo para realizar el viaje, moviéndolo inquietamente sin pedirme permiso en ningún momento.
El mapa de mis movimientos había pasado a ser la música y en ningún momento tuve la oportunidad de ser yo quién siga las instrucciones del mapa.
Los violines, el piano y el violoncello hacían que el viaje parezca eterno, no monótono y soñador; era casi perfecto.
Durante ese viaje recuerdo haber visualizado diferentes tonalidades armoniosas de colores oscuros, que iban y venían del azul al negro. Ese color azul oscuro me transmitía tranquilidad y, por otra parte, se entremezclaba con los tules, casi transparentes, del traje que llevaba puesto. De fondo se oía la melodía, cumpliendo la función de mi mapa corporal, y que además, acompañaba los matices de los colores visualizados, sin permitir que se perturbe la armonía establecida.
Cuando la música finalizó sentí que estaba despertando de un sueño, de un sueño tan profundo que no era conciente que soñaba. Me resultó raro que al despertar no me sienta confundida ni atormentada, por el contrario, me sentía totalmente relajada.
Creo que por un momento mi alma y mi cuerpo no fueron los mismos de siempre, que estuvieron poseídos y fueron guiados por la esencia de algún arte que tuve el agrado de conocer de cerca.
Con los ojos ya totalmente abiertos y los sentidos nuevamente en mi cuerpo, noté la presencia de un público, olvidado durante el tiempo en que me ausenté, que me aplaudía calurosamente. Supongo que aplaudía por las emociones que liberé en algún momento. A pesar de la relajación que sentía, noté que mi cuerpo estaba transpirado, la respiración agitada y el ritmo cardíaco acelerado.
Cuando los aplausos finalizaron, los ojos se me empañaron, pero una leve sonrisa se dibujó en mi rostro. Creo que mi cuerpo era una revolución de sentimientos.
Finalmente, apareció otra bailarina en el escenario y se posicionó a mi lado; recién ahí recordé dónde estaba parada. Ahora me tocaba bailar con ella.
Oí que unos nuevos acordes se aproximaban a lo lejos, inquietando mis extremidades y desplazando a la razón de mi mente, guiándola una vez más por el mapa de la música.
Me pregunté, en ese momento, si ella también sentiría lo que yo estaba sintiendo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

agus!!! volvi a escribirte, como
siempre me encanta lo q leo tuyo.
seran los sentimientos q reflotan cuando bailas q te hacen escribir esto re lindo.
te super quiero.
yami